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dic 14 2010

¿Profesional o titulado?

Esta no será una apología del fracaso académico, ni es un llamado a dejar las aulas. No, por el contrario, espero que esto no sea motivo de ofensa para quienes cursan sus estudios o para quienes ejercen la docencia, ya que considero que los primeros necesitan motivación y algunos de los segundos merecen reconocimiento y felicitación.

Esto que escribo no es más que el resultado de algunas reflexiones entorno a experiencias que a lo largo de mi vida profesional me han hecho concluir que, dicho de forma directa, el sistema educativo de nuestro país apesta. Y lo digo sin intenciones de herir la susceptibilidad de algún funcionario o empleado del Ministerio de Educación o algún docente (especialmente si es miembro militante de la UNE).

dream

Ya en la Universidad viví por un tiempo dentro de un sueño, que me hizo creer que era capaz de mejorar mi mundo y el de los demás usando mi creatividad. Pero al acercarse el momento de terminar el tecnologado una mano regordeta me sacudió y me hizo despertar: "para hacer realidad todo eso que sueñas, se necesita mucha plata"

Cuando cursaba el cuarto curso de colegio, en el San Felipe Neri de Riobamba, tuve que tomar una de mis más difíciles decisiones: escoger la especialidad de mi bachillerato. Tenía tres opciones: Físico Matemáticas, Químico Biólogicas o Filosófico Sociales. Opciones a las cuales me limité desde el momento mismo en el que elegí (o exigí) entrar al prestigioso centro de estudios, en contra de la voluntad de mi padre que quería que siguiese una carrera técnica en otro colegio. La difícil pero necesaria decisión tuve que tomarla casi sin mucha asesoría, y más que nada guiado por el instinto que me decía: “eres bueno para esto…”.

Así que basado en que se me facilitaban mucho algunas materias en relación a otras, como el Dibujo Técnico —para el que era muy bueno— me decanté por la especialidad de Físico Matemáticas. Con relativa facilidad terminé mi secundaria sin brillar demasiado pero manteniéndome por encima del promedio. Es decir, fui buen estudiante, pero definitivamente nunca fui un “afanoso”, un nerd o un DEX (una rara especie de nerd conocida solo en mi generación y exclusiva de mi colegio).

Pero si la decisión anterior la tomé por instinto, la que tomé al momento de elegir universidad la tomé por emoción. Porque fue en una visita del director de la carrera de Diseño Industrial de la PUCE Sede Ambato a mi colegio, donde se expuso por primera vez a mis inocentes ojos lo que era una carrera de la que solo había oído hablar alguna vez en televisión o había leído en una revista: el Diseño.

Por ese entonces, Diseño era una carrera “aniñada” —pelucona como se le dice ahora— de la que solo se sabía que habían dos que tres universidades en Quito, Guayaquil y Cuenca. Por eso, enterarme que la misma estaba accesible, al menos geográficamente ya que Ambato estaba cerca, fue para mí una excelente noticia. Es más recuerdo con claridad que fui el primero (quizá el único) que se acercó al final de la exposición para tomar un informativo.

Ya en la Universidad viví por un tiempo dentro de un sueño, que me hizo creer que era capaz de mejorar mi mundo y el de los demás usando mi creatividad. Pero al acercarse el momento de terminar el tecnologado una mano regordeta me sacudió y me hizo despertar:

para hacer realidad todo eso que sueñas, se necesita mucha plata”

Esa era una verdad cruda pero contundente, a la que me debería enfrentar al ser abortado de la U con un título “intermedio” por no decir menos. Y digo abortado, porque creo que la Universidad en la que estudié casi todos esos cuatro años con una media beca ganada a punta de malas noches y gastritis, me lanzó prematuramente a la desocupación. Cuando no tuve el chance de renovar mi beca para continuar la ingeniería porque esta aún era una carrera que no se aprobaba por el  CONESUP, y durante el año que estuvo en stand-by ese asunto, muchos cambios de personal y de políticas de inversión, convirtieron a mi amada PUCESA de una pequeña universidad semirurral para gente creativa, en una enorme y ultramoderna (y cara) universidad en la que las cosas cambiaron al punto que ni terminé el primer semestre de la ingeniería.

profe

Uno de los mejores "profes" que suele visitar algunas universidades ecuatorianas.¿lo reconocen?

No puedo negar que a veces pienso en las oportunidades que podría haber alcanzado con un cartoncito, pero esto realmente no me preocupa en lo absoluto y varios años después, y tras haber intentado retomar los estudios (siempre retirándome con la desilusión de encontrar a maestros que saben la mitad que lo que uno sabe) y después de haber adquirido una buena cantidad de experiencia en un par de empresas y también como independiente, me siento realizado y exitoso como profesional, y por el momento eso me basta para sacar varias conclusiones:

  1. Que la palabra PROFESIONAL tiene —para mí— un significado muy diferente al que la mayoría le ha dado: Profesional es aquella persona que gana por hacer bien lo que sabe hacer, que hace lo que le gusta y encima le pagan por eso. Y eso no tiene nada que ver con la palabra TITULADO, que quiere decir: Persona que tiene una acreditación para poder hacer algo.
  2. Que para ser profesional no hace falta ser titulado.
  3. Que hay muchos titulados que son excelentes profesionales, pero también hay muchos titulados que no son nada profesionales.

Por estas y otras razones disfruto cada vez que sé de un profesional que se siente orgulloso de serlo a pesar de no tener un título colgado en la pared. Esta es la gente que realmente me ha inspirado y motivado a seguir adelante.

Pero por estas mismas razones me siento muy decepcionado al darme cuenta que el sistema educativo ecuatoriano esta diseñado para sacar titulados por volquetadas, pero que muy pocos de ellos llegan a ser realmente profesionales.

Hay muchos titulados, pero muy pocos realmente son profesionales

protestas

Lo peor es que la única propuesta que hacen los universitarios es esta: Lanzar piedras y quemar llantas.

Mi propuesta:

Para cambiar esta triste realidad, creo que en mi país hace falta que se haga un estudio profundo de las verdaderas necesidades profesionales de cada ciudad y región, en lugar de permitir que se abran todos los días universidades, institutos y carreras que se guían simplemente por lo que está “de moda” o lo que resulta más rentable para sus intereses. Toda la polémica y la bronca sobre la “ley orgánica de Educación Superior” se pudo evitar si se realizaba este estudio de necesidades en lugar de centrarse en temas como el presupuesto o la elección de miembros de un consejo. Es decir, es necesaria menos política y más acción.

Las universidades deben proveer de profesionales capaces de producir en poco tiempo, para que la inversión que el estado o sus padres hicieron retorne en beneficios para todos, y no ser fábricas de titulados desempleados que van a toparse con una realidad carente de oportunidades. Y los padres de familia y los estudiantes deben ser muy conscientes y sinceros consigo mismo al momento de decidir la carrera que elegirán en la universidad. De esta elección no solo depende su futuro personal, sino que es también clave para el desarrollo de la sociedad.

Se necesitan más profesionales en áreas técnicas, por lo que deberían abrirse y promocionarse mejor estas carreras, porque este tipo de profesionales son indispensables para la producción. Necesitamos profesionales en la construcción (y no necesariamente arquitectos o ingenieros), profesionales en transporte (que sepan de turismo y atención al cliente). Y hasta los oficios más básicos urgen de profesionales que estén preparados a realizar bien su trabajo y ser bien remunerados por eso: carpinteros, mecánicos, panaderos, zapateros, empleadas domésticas, etc.

Los títulos de tercer y cuarto nivel deben ser accesibles a la gente que realmente haga méritos para alcanzarlos. No es posible que hayan miles de doctores y másters por ahí que no saben ni escribir sin faltas de ortografía. Más aún, para alcanzar esos títulos, los profesionales deberían haber publicado al menos un par de libros como es lo normal en otros países.

En definitiva, se debe parar de producir más y más desempleados con título, y en lugar de eso se debe dar prioridad a la formación de verdaderos profesionales.

¿Y ustedes, qué opinan?

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Acerca del autor

Daniel

Riobambeño, entusiasta aficionado a los blogs, las redes sociales, la fotografía y el diseño. Webmaster, diseñador gráfico y emprendedor creativo. Apasionado defensor de la vida y creyente convencido pero no religioso.

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